Mas allá de la Montana.

 

Es muy difícil explicar la atracción que ejercen las montanas sobre el ser humano, pero es una realidad que sus cumbres estimulan nuestra curiosidad y despiertan nuestro espíritu de exploración. Pero es un reto muy serio en el que el cielo es el limite… pero hay que alcanzarlo solo con nuestra propia fuerza motriz.

 

Mi deseo por explorar las montanas nació desde muy pequeño, tal vez estimulado por historias que leía en la colección de libros que me regalo mama o tal vez porque herede el espíritu de aventura de mi abuelo Joaquín, pero yo solo recuerdo que desde muy pequeño me preguntaba como seria la vista desde su cima y emocionaba con solo pensar que habría mas allá de la Montana…

 

Así, durante esos anos de inocencia, pasaba horas tirado en la alfombra de la sala jugando a escalar el piano de mama con mis muñecos de acción. Sin un centavo en la bolsa, pero con el corazón repleto de felicidad.

 

No fue hasta después de haber cumplido treinta anos que me atreví a sacudirme la rutina y el letargo de la vida cotidiana, para entonces decidirme a ir a la Montana. Estuve a punto de darme por vencido en mi primer curso de escalada en roca, pues sentía un terrible miedo a las alturas, pero fui perseverante y gracias al apoyo y la paciencia de mi instructor Andrés Shiffer, logre controlar ese temor que me impedía hacer ese sueno realidad.

 

Al ano siguiente, tuve la fortuna de ascender la Montana mas alta de mi país, el Pico de Orizaba, guiado por Andrés Delgado, ahí tuve la gran oportunidad de aprender, de la mano de uno de los mejores alpinistas mexicanos,  las técnicas de la Alta Montana.

 

Dos anos después tuve la suerte de ser invitado a participar en una expedición al Himalaya, liderada por Alfonso de la Parra y Waldemar Franco. Fue en ella en donde entendí que el viaje a la Montana, es mucho mas interior que exterior. Pues es ahí, en lo mas profundo de nuestro ser, en donde se encuentran nuestros mas hondos temores, nuestras dudas, miedos e inseguridades que son los que nos impiden vivir en plenitud. Aprendí que el alpinismo es una búsqueda constante por encontrar el limite de nuestras capacidades, una intensa lucha por el auto control y la conquista de uno mismo.

 

Ese añorado sueno de mi infancia se hizo realidad en Abril del ano 2000, cuando tuve la fortuna de divisar el “Techo del Mundo” con mis propios ojos. Obligados por las circunstancias y gracias a la pericia de Alfonso de la Parra, pudimos ir abriendo una nueva ruta por la inexplorada y difícil cara sur-este del Island Peak. Poco a poco fuimos ascendiendo rumbo a la cima, por el único punto accesible, pues las condiciones que la montaña presentaba en ese ano eran muy difíciles. Mientras recorríamos en diagonal esa extensa pared, una mezcla de roca, hielo y ceraks, con inclinaciones que llegaban a los noventa 90 grados; viví momentos muy intensos, que demandaron lo mejor de mi y me hicieron enfrentarme contra todos mis temores internos. Fue ahí en donde entendí que es solo cuando se pierde el miedo a morir, que uno comienza en realidad a vivir.

 

Aprendí que para hacer realidad los sueños mas que talento, se necesita voluntad, perseverancia y decisión. Virtudes que no se heredan, ni tampoco surgen de un mágico momento de inspiración, sino que se desarrollan en el diario ejercicio de vivir; cuando uno se hace el habito de enfrentar con determinación las preciadas oportunidades que la vida nos da, en el diario vivir, para superar esos obstáculos que se interponen en el camino de nuestros sueños.

 

Parado en una de las puntas del Himalaya pude ser testigo de un mundo esférico, sin bordes, limites ni fronteras y por un sublime momento perdí mi mirada mas allá de la Montana, ahí en donde termina el mundo y comienza el resto del Universo…

 

Pero las Montanas no solo nos ponen a prueba, sino que a veces reclaman un precio muy alto por ascenderles. En el 2006, Alfonso de la Parra y Andrés Delgado ascendieron juntos, por una ruta nueva y con un alto grado de dificultad,  a la cima del Changabang en el Himalaya central. Fue un logro mas para el alpinismo mexicano, no obstante a diferencia de las actividades deportivas, en el montanismo después de que se ha alcanzado la meta, todavía hay que emprender el regreso y este es sin duda la parte mas difícil, porque el cansancio es mayor, al corazón ya no lo impulsa la ilusión de la cima, pero sobre todo que uno se encuentra en el punto mas lejano, aislado de todo, en el reino de la Montana. Lamentablemente, Andrés y Alfonso desaparecerían durante su descenso en medio de una tormenta.

 

Hay algunos que se preguntan si vale la pena arriesgar la vida por un sueno y es que creo que la mayoría están enamorados de la vieja ilusión humana por lograr la permanencia. Pero la realidad es que nadie vive eternamente, la muerte es parte de la vida.

 

Todos los días en los valles de la Tierra también mueren millones de personas a pesar de la seguridad de sus hogares y del “bienestar” social. La mayoría muere sin haberse atrevido a ir en pos de sus sueños mas anhelados, recorriendo el viejo y gastado camino que les fue señalado.

 

También hay otros que aunque todavía no han muerto, van muriendo poco a poco dentro del desierto de la cotidianidad, de lo común, en donde la esperanza se seca sobre la arena de la mediocridad… Ellos mueren cada vez que se quejan de su "mala suerte", cada vez que el temor los paraliza evitándoles arriesgarse por un amor, por un proyecto, por opinar con honestidad, por defender nuevas ideas o sus más hondos valores. Ellos prefieren evitar los riesgos como si nunca fueran a morir, pero tarde o temprano morirán… sin haber vivido.

 

No creo que ningún alpinista vaya a la Montana buscando morir, al contrario, la esencia del montanismo es un compromiso por vivir una vida plena e intensa. Un buen montanista debe enfocar su mente para no cometer errores en su rango de acción pero estar conciente que hay muchas cosas que no dependerán de el, situaciones que dependen de las fuerzas del Universo, que se manifiestan con gran ímpetu en la Montana.

 

Los seres humanos por naturaleza tendemos a juzgar aisladamente en base a nuestros propios puntos de vista, discriminamos y dividimos y luego calificamos las situaciones como “buenas” y otras como “malas”, pero al final si vemos todas ellas desde una perspectiva mas amplia, son solo pequeñas notas dentro de una gran sinfonía Cósmica, que esta muy ajena a los intereses humanos. Todos los conceptos de bien y de mal desaparecen cuando dejamos de poner atención a las notas individuales y comenzamos a disfrutar de toda la melodía. Una melodía que comenzó a sonar desde mucho tiempo atrás y de la cual no somos mas que una pequeña nota Cósmica. Nacimos para recorrer, no para llegar, de la misma manera que de nosotros depende preguntar, pero no sabemos si dentro de esa inmensidad estén todas las respuestas… pero no por ello dejaremos de explorar. La vida es movimiento, no destino y es la ilusión, el calor que impulsa nuestro corazón. El montanista sabe aceptar esto con sabiduría, acepta que su destino esta en las manos de fuerzas que están mucho mas alla de nuestro control. 

 

Lo único que podemos hacer es intentarlo de la mejor manera posible, pero de la montaña dependerá el dejarnos pasar.

 

En el 2004, encontrándome arriba de los 7,000 metros de altura, buscaba afanosamente seguir ascendiendo hacia la cima del Spantik en el Himalaya Karakorum. Tom, Andrew y yo, nos turnábamos la punta para ir abriendo huella sobre una inclinada pendiente con nieve suelta, que por momentos nos llegaba arriba de las rodillas. Conforme ganábamos en altitud, nuestros pasos se hacían mas lentos y el oxigeno mas escaso, por lo que mis pulmones se esforzaban cada vez mas para extraer de ese aire helado, un poco de esa vital molécula.

 

El viento había comenzado a soplar con intensidad y el alba del amanecer solo sirvió para dos cosas, darnos cuenta estábamos a pocos metros del hongo que coronaba la cima y también que  teníamos una tormenta en cima. Comenzó a nevar con intensidad y el viento se torno cada vez mas violento.

 

Entre gritos acordamos que era mejor no arriesgar de mas y regresar a nuestro campamento alto, antes de que tormenta empeorara. Fue una decisión difícil, pero acertada, al poco tiempo la fuerza del viento se hacia mas intensa y la nieve caía en mayor cantidad quitándonos visibilidad. Entre una tormenta blanca, con remolinos y vientos caprichosos, la huella que habíamos dejado era cada vez mas difícil de divisar por lo que era muy complicado ubicarnos en medio de ese mundo totalmente difuso, bizarro, sin horizonte, ni puntos de referencia. Por momentos nevaba horizontalmente y a veces de abajo para arriba, algunas ráfagas de viento incluso levantaban los cristales de hielo de la superficie, golpeando mi cara y algunas se colaban incluso por las orillas de mis anteojos picándome los ojos.

 

Cada vez mas cansados y con paso vacilante, éramos movidos por las fluctuaciones del viento y la desesperación comenzaba a hostigar nuestras mentes. La tormenta tomaba cada vez mas fuerza y era alentada por nuestros demonios internos.

 

Por momentos parábamos para agacharnos y soportar la fuerza de las intensas ráfagas, pensando que en cualquier momento nos podría levantar.

 

El tiempo pasaba y el riesgo de haber pasado de largo por nuestra tienda sin verla, me hizo pensar en las fatales consecuencias que traería el no encontrarla …

 

Una batalla por la cima ahora se había convertido en una batalla por sobrevivir. Con músculos cada vez mas cansados y entumecidos, el descenso parecía no tener fin. Debido a la mala visibilidad por momentos perdíamos la ruta y lo sabíamos cuando sentíamos el camino muy inclinado, lo que indicaba que estábamos saliendo de la arista, así es que rectificábamos buscando un plano menos inclinado.

 

Comencé una batalla interna por eliminar de mi mente cualquier pensamiento fatalista y enfocar toda mi energía y atención en orientarme para encontrar nuestro frágil refugio.

 

De pronto, entre el blanco de la nieve vimos una mancha amarilla, era nuestra tienda de campana! Uno a uno entramos torpemente a ese pequeño hábitat, cubiertos de nieve y hielo, en esas caras entumecidas y voces temblorinas por las bajas temperaturas, había ahora sonrisas de felicidad. Mientras derretíamos nieve para beber agua, comenzamos incluso a comentar la posibilidad de hacer un intento al dia siguiente.

 

Pero noche llego y la tormenta no cesaba. El fuerte sonido del viento era eclipsado solo de vez en cuando por el estruendo de los relámpagos, que por breves instantes iluminaban nuestra tienda mostrándonos unas caras serias y desencajadas.

 

El tiempo se hacia cada vez mas lento y nosotros continuamente nos contorsionábamos para permitir la actividad, derretir nieve, beber, orinar y comer un poco.

 

Al amanecer del tercer día ya no había sonrisas en nuestros rostros, estábamos desvelados y muy apretados en una tienda para dos, la escasez de oxigeno y el golpeteo continuo del viento hacían imposible dormir a esa altura, así es que solo dormitábamos por momentos con la cabeza en alto dentro de nuestros sacos de dormir.

 

Ese día el gas para derretir la nieve se agoto y ya no teníamos nada que comer, el paso del tiempo no había detenido la tormenta, solo había terminado con nuestras provisiones y optimismo.

 

Ya solo quedaba el agua que había en nuestras botellas y sabíamos perfectamente bien que el dejar de beber y la escasez de oxigeno a esa altura provocaría que nuestra sangre se hiciera cada vez mas densa, provocándonos un edema pulmonar o cerebral con fatales consecuencias.

 

En la tienda toda actividad había cesado, no había gas para derretir nieve, no había agua que beber, nadie orinaba y nadie comía. Estábamos casi inmóviles, sin hablar, esperando, solo esperando… cada uno libraba su propia batalla interior y de solo de manera discreto intercambiábamos miradas como buscando consuelo en saber que el miedo estaba presente en todos.

 

Fue una larga tarde, la cercanía con la muerte me aterro, tuve tiempo para dar un vistazo a toda mi vida, reflexione sobre las cosas que no había hecho bien y sobre las que pude hacer mejor, pero me sentí orgulloso de haberme a atrevido a recorrer mi propio camino, de tomar mis propias decisiones como la de haber ido a la montaña incluso contra la voluntad de mis padres, por que no creo que el destino de los hombres sea el sacar una fotocopia de la vida de los demás. “Bueno” o “malo”, yo me había esforzado en hacer de mi vida un original creando, externando y defendiendo mis propias ideas que expresaban mi forma de ver la vida. No había podido escoger en donde nacer, pero pude escoger donde vivir, a donde ir y tal vez a donde morir…

 

Con el paso de la noche, encerrado dentro de “esa pequeña cáscara de nuez, me fui haciendo rey de un espacio infinito(*)”.  Mi perspectiva se fue elevando, mostrándome una visión Cósmica que me alejaba de mi ego cada vez mas y con ello la idea de permanencia, que hay en todos nosotros, se fue desdibujando hasta que la aceptación de la muerte llego en medio de una gran calma.

 

Estaba en el mejor lugar para morir, alejado de la opresión del sistema materialista, inmerso en esa completa libertad que se siente en las montanas, haciendo lo que siempre desee desde pequeño, siendo congruente con el “software original de mi mente”, con las ideas que brotaban de mi en esos anos en los que mi mente todavía no se había contaminado con el “deber ser”, con la idea de eternidad, con lo “correcto” y lo “incorrecto”, con el continuo deber de competir y con tantas metas impuestas por una sociedad de consumo. Me remonté a esos preciados anos de mi infancia, en los que era totalmente congruente con mi naturaleza, con mis sueños e ilusiones que eran la mas pura expresión de mi naturaleza exploradora… Siempre hubo dentro de mi un pequeño explorador, que quería conocer el mundo y con el su propia razón de ser. Así es que como cuando era niño, estaba de nuevo ahí tirado, sin un centavo en la bolsa, pero esta vez sonando despierto mis propias aventuras.

 

Entonces desee morir… apagar esa conciencia básica que me tortura con la ilusión de ser un ser independiente para integrarme, como parte de el proceso natural, al Universo que me dio la vida. Así fue como ahí, en un rincón oscuro de mi tienda, mi mente poco a poco se extinguía lentamente ante la falta de agua y oxigeno, borrando todo rastro de egoísmo, llevándome a sentir una profunda paz y tranquilidad...

 

No se cuanto tiempo paso, pero a la mañana siguiente, poco a poco retome la conciencia, abrí los ojos lentamente para darme cuenta que el panorama no era muy halagador. La tormenta seguía y yo sentía un fuerte dolor en la base del cerebro y mi botella estaba totalmente vacía, Tom y Andrew, estaban en condiciones similares, con labios muy secos y caras desencajadas. De pronto, un fuerte pensamiento vino a mi mente: “no puedo morir hoy aquí, no así”. El pensar en los que amo, me hizo reaccionar, por ellos tenia que intentar bajar ahora que todavía podía moverme.

 

Luchando contra la debilidad y el letargo comencé a convencer a mis compañeros en intentar descender. Parecía una locura salir en esas condiciones, pero era claro que quedarnos ahí seria peor. A las diez de la mañana abrí el cierre de la tienda y la nieve se me vino encima, las condiciones afuera eran casi las mismas, mala visibilidad y fuerte viento. Fue difícil comenzar a andar, estábamos muy débiles y entumecidos. El dolor de cabeza me hacia sentir mareado, por lo que mis pasos eran vacilantes.

 

Después de un difícil trayecto que se me hizo interminable, llegamos al campamento dos, ahí había un poco de gas y comida. Después de beber y comer nuevamente las sonrisas volvieron a nuestras caras. Bebí lo mas que pude y me tome tres aspirinas, con lo cual me sentí mucho mejor.

 

Al otro día, ya mas repuestos comenzamos el descenso hacia el campamento base. La tormenta continuaba pero con menor intensidad, conforme perdíamos altura ganábamos en movilidad. Así la nieve dio paso a las rocas y el hielo, ya no nevaba, ahora llovía y la visibilidad mejoraba, ahora entre la bruma podíamos ver la ruta hacia la base, lo que nos animo mucho.

 

Cargaba alrededor de 30 kilos a cuestas, pues habíamos retirado todo nuestro equipo, así es que el peso de mi maleta torturaba mi espalda. Me sentía sumamente cansado y el camino era ahora entre lajas quebradizas y traicioneras, que se volvían resbalosas con la lluvia. Ya faltaban unos doscientos metros, teníamos el campamento base a la vista, pero faltaba una de las partes mas inclinadas de la ruta. De pronto mi bota resbalo, sin fuerzas para recuperar con el otro pie fui rápidamente jalado al vacío por el peso de mi maleta. Comencé a rodar por ese plano inclinado, golpeando sobre las piedras sin poderme detener, ganando velocidad y cuando parecía que me perdería por el vacío hacia el fondo del glaciar, mi rodilla golpeo fuertemente con una roca, con lo cual tuve tiempo de asirme con las manos par frenar mi caída. Me costo trabajo incorporarme, estaba muy golpeado y tal vez por el cansancio o por el miedo, mis piernas temblaban descontroladamente. Tenia miedo de volver a caer, pero vino a mi mente el versículo que mi mama y mis amigos, me repitieron antes de salir de México, “No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda…”. Me reconforto y con el en mente recorrí el resto del descenso.

 

Con el atardecer llegamos al campamento base y una vez mas en mi tienda me tire boca arriba sobre mi bolsa de dormir, estaba extenuado…

 

Entonces mientras contraía y expandía mis pulmones por el cansancio extremo, entendí que para eso es la vida, para llevar el cuerpo a sus límites, para expandirlos, para usar nuestras capacidades al máximo, pues solo así sorprenderemos a la muerte cuando llegue porque entonces nos encontrará gastados, usados, descosidos, maltrechos y no tendrá mucho que llevarse sino los desechos de una vida vivida con intensidad...

 

Dedico este articulo a todos los hombres y mujeres que han fallecido en las montanas, todos ellos viven en algún lugar mucho mas allá de la Montana…

 

* William Shakespeare, Hamlet 2do acto Escena 3.