Una de las preguntas más significativas que se hace un niño, al mirar el horizonte, ha sido siempre ¿que hay mas allá de las montañas? Pero mucho más importante es el momento en que el niño se convierte en hombre y no se conforma con preguntárselo, sino que toma entonces su equipo a la mano, su valor y su preparación, para investigarlo por sí mismo. Al llegar a la cumbre, desde ahí puede ver en realidad que la cima no es la meta más alta, sino que hay mucho más, mas allá de la montaña.

Por ello nos acercamos a entrevistar a un alpinista que haya hecho ese descubrimiento y pueda expresarlo en tal sentido. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que René Méndez, el autor de las fotografías que enmarcan esta investigación, es un alpinista diferente, primero por su estilo de vida, que dista mucho de ser común para un montañista. Es Ingeniero Industrial con postgrado en sistemas, lleva más de 15 años trabajando para la Banca mexicana y actualmente trabaja en uno de los bancos más grandes del país, en donde ocupa un puesto destacado.

EL HOMBRE QUE BUSCA LA MONTAÑA
René incursionó en el alpinismo después de haber cumplido 33 años de edad, en parte por estar cansado de la vida en el mundo financiero, llena de materialismo y superficialidad. Pero sobre todo por cumplir un sueño de la infancia: ser alpinista. Esto lo inspiró para escribir un libro en donde comparte sus vivencias pero sobre todo la visión que ha cambiado su vida y que es la que se ve desde la cima de todas las montañas de la Tierra. Es autor del libro "Desafiando el Vacío".
Sus inicios en la escalada fueron muy complicados, pues primero tuvo que superar su principal temor: el miedo a las alturas, así como algunos defectos físicos. El mismo nos dice: "Si tuviera que pasar un examen para ser alpinista no lo superaría, pero dentro de este cuerpo defectuoso hay un espíritu fuerte, soñador y aventurero que no se deja atrapar por esta prisión física."

René tiene el espíritu adecuado de un buen montañista y sería difícil concluir si esto lo trae de nacimiento o se lo ha dado su convivencia con las montañas. Al contestar nuestras preguntas nos transporta al mundo de las alturas con su helada belleza y a la vez nos comparte sus reflexiones, producto de los preciados momentos de soledad en lo alto de una montaña. Más allá de ostentar la cima a las que ha ascendido René Méndez, trasmite una filosofía de vida a partir de sus experiencias alpinas que buenas o malas, las ha capitalizado siempre para su crecimiento personal. Descubrió qué hay mas allá de las montañas. En cada tema a continuación, lo que encontramos son sus propias palabras.

EL MONTAÑISMO
Es el arte de avanzar a pesar de la adversidad, de la gravedad, del viento del frío. Es el arte de buscar dentro de tí la fuerza necesaria para dar un paso más cuando crees que ya lo has dado todo. Es el arte de controlar tus temores internos y dominarte a tí mismo.
Es soñar y luchar por hacer tus sueños realidad, aunque estos se encuentren en el límite de lo imposible. Es esforzarte por alcanzar la cima de la montaña más importante de todas: La montaña de la vida.

LA MONTAÑA
Los humanos somos los únicos seres capaces de escalar montañas y no porque seamos los más fuertes o resistentes a las condiciones naturales, sino porque contamos con una conciencia, un espíritu libre y una fuerza de voluntad. Escalamos porque la montaña nos llama, nos invita, nos reta. Comencé en el alpinismo por aceptar el reto de vencer mi profundo temor a la altura y combatir la inseguridad. Soñaba con conquistar montañas, pero con el tiempo me di cuenta que ellas me conquistaron a mí. Cuando comencé a escalar, pensaba que viajaba a los lugares más recónditos del planeta sin darme cuenta que había comenzado un viaje dentro de mí mismo. Un viaje de autodescubrimiento y autorealización.

Por ello la montaña se convirtió para mí en un lugar espiritual, un templo natural cuya cúpula es el cielo y las paredes el infinito, un lugar donde uno comulga con la grandeza del cosmos.

EL PANORAMA DESDE LA MONTAÑA
Cuando en Abril del 2000 tuve la oportunidad de estar parado en la cima del Island Peak para poder apreciar con mis propios ojos "El techo del mundo", fuí testigo de una visión que me transformó porque todo se veía perfectamente claro: hacia donde se suponía que debería de ver la frontera entre China y Nepal no había nada, ni señal de ella, ni del comunismo, ni del invadido Tibet. Hacia donde se suponía que estaba la frontera con la India lo mismo, sólo un continuo de montañas sin fin que se curvaban en el horizonte, formando una esfera sin bordes.
Hacia arriba continuaba la atmósfera de la Tierra sin que pudiera distinguir su frontera con el espacio. Entendía que preguntarse cual es la última molécula de la Tierra y en donde encontrar la frontera entre mi ser y el entorno. ¿En dónde termino yo, en el borde de mi piel, en mis bellos, en mi campo de calor y energía, en dónde? Entendí que todos y todo está unido, relacionado, me quedó claro que no había fronteras, éramos un solo Universo, todos formando parte de El. En esos momentos confirmé que los límites y las fronteras están sólo en la mente humana y que es el egoísmo el que nos brinda esa visión miope que nos lleva a vivir encerrados en nuestra prisión individual, condenando a los que nos rodean a ser afectados por nuestras decisiones personales. Decisiones basadas en intereses personales, que ahora que somos 6,000 millones de seres humanos están por llevar a nuestro planeta al borde de la destrucción.

Después de más de 15 horas de esfuerzo, me encontraba de regreso en mi tienda de campaña, estando sumamente cansado recibí otra gran lección: La vida, para llevar el cuerpo a sus límites, para expandirlos, para usar nuestras capacidades al máximo, pues así sorprenderemos a la muerte cuando llegue, porque entonces nos encontrará gastados, usados, descosidos, maltrechos y no tendrá mucho que llevarse sino los desechos de una vida vivida con intensidad...

En mi viaje al Aconcagua, después de ser víctima de una fuerte congeladura en mi mano derecha y teniendo ante mí el cadáver de un jóven alemán, se removieron las fibras más sensibles de mi corazón haciéndome valorar de sobremanera la increíble oportunidad de estar vivo... No de tener una casa, no de tener un trabajo, no de tener un auto, sino simplemente la oportunidad de tener una mano a través de la cual podía recibir el sol, jugar con el agua, acariciar el viento y sentir la fuerza y energía de este enorme Universo que me dio la vida.

Aprendí que ante la grandeza y fuerza de la naturaleza soy tan solo una diminuta parte de una pequeña pieza de todo el "Rompecabezas Cósmico", pero es tal vez la más hermosa de todas: La Vida.

En mi más reciente expedición al Karakorum Himalaya, me tuve que regresar a tan sólo 300 metros de la cima del Golden Peak, debido principalmente a las difíciles condiciones de la montaña, nieve muy profunda, peligro de avalancha y una tormenta. Ahí recibí otra gran lección, pues aprendí que lo importante no es alcanzar la cima sino enfrentar la escarpada, porque el destino del hombre no es llegar sino recorrer, no es encontrar sino buscar, no es responder sino preguntar, porque es durante el camino en donde se encuentra la trascendencia y la felicidad. Una meta, una respuesta o una cima, no es a final de cuentas más que una fortuita, efímera y mera consecuencia.

LA ASPIRACION COMO ALPINISTA
Alcanzar la cima más alta posible, la de la autorrealización. Escalo por una búsqueda interna, por seguir conociéndome más a mí mismo, por saber de lo que soy capaz ante el reto y la adversidad de la montaña, para sobreponerme a mis debilidades y potenciar mis talentos. Al hacerlo espero expandir mis límites para crecer cada día en forma continua, para algún día poder devolver todo lo aprendido en esta hermosa escuela de la vida, esa es mi meta más anhelada. No sé si ello lo he de alcanzar en el Everest, en el Golden Peak, en el K2 o tal vez en el Ajusco, pero me esforzaré por hacerlo con cada montaña que escale. Cada montaña por pequeña que sea tiene siempre una enseñanza que darnos, una forma de sorprendernos y cambiar nuestro entendimiento de la vida.

La vida misma es para mí nuestra gran montaña y es deber de cada ser humano el esforzarse al máximo en su conquista, si al final de nuestras vidas llegamos a la conclusión de que dimos lo mejor de nosotros mismos en este intento sin importar en que parte de esta "montaña" nos encontremos, nos sentiremos muy satisfechos y ese será nuestro mayor éxito.

Así se expresa, sin duda, como lo ha hecho René, el niño que al ser grande se ha aventurado a explorar que hay más allá de la montaña…

Los invitamos a conocer más, visitando el sitio: http://www.renemendez.com/